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El trauma del Hijo Mayor

No dudo sobre las ventajas de ser hijo mayor. De partida, los que llegan primero a una familia desarrollan capacidades de liderazgo, tienden a ser más inteligentes en algunas áreas, aprenden a desenvolverse mejor, desarrollan un mejor lenguaje, y son los que en general, mantienen los valores tradicionales de su familia. Numerosos estudios hablan de la ventaja comparativa de ser hijo mayor, incluso por encima de ser hijo único. Eso lo sé ahora, lo comprendo y lo secundo. Sin embargo, no es ese el sentimiento con el que crecí, especialmente hasta la adolescencia.
Provengo de una familia de cinco hermanos, criados sólo por la madre con la colaboración de mi abuela por el lado materno. No fue fácil la niñez, pero nunca nos faltó nada, especialmente cariño y el abrigo de la comprensión de una mujer que tenía poca educación formal, pero sí una gran sabiduría de vida, en algunos aspectos.
 Siempre supuse que por ser mi familia monoparental, era necesario que yo asumiera algunas cargas por ser hijo mayor. Al pasar el tiempo comprendí que muchos hogares sobrecargan a los hijos mayores de una manera impropia provocando efectos no sólo indeseables, sino que además, inculcando sentimientos y emociones incorrectas para niños y adolescentes.
En mi caso, las vacaciones de verano solían ser agridulces. Vivíamos a pocas cuadras de la playa, así que era normal pasar el mayor tiempo a la orilla del mar. Sin embargo, a mí me tocaba ir con mis cuatro hermanos menores, siendo un púber de 12 años. A ratos me metía al agua, me zambullía pero me levantaba como un resorte intranquilo para mirar a mis hermanos. Mi madre me decía que era el único que podía llevarlos porque ella trabajaba y yo era el hermano mayor. No me gustaba, pero lograba entender que así estaban dadas las cosas. Lo mismo ocurría con un sinfín de otras actividades: cumpleaños, idas al parque, responsabilidades que supervisar en casa, etc.
Mi madre no cedía el liderazgo cuando se trataba de disciplina o dirigir el estudio y las tareas escolares. En cierto modo, había un tipo de equilibrio. Cuando me convertí en adolescente quise abandonar los estudios y dedicarme a trabajar para ayudarla y recibí un rotundo no, seguido por la frase: “Bastante me has ayudado, pero alimentar a tus hermanos, es mi responsabilidad, no tuya. Tu no vas a dejar de estudiar”. A ella, a quien llamábamos cariñosamente “la sargento Pepper”, no se le discutía. Se lo agradezco hasta el día de hoy, probablemente habría llevado algunos pesos a casa, pero, habría truncado mi desarrollo y no habría sido lo que soy.
 Es preocupante ver a algunos padres haciendo que sus hijos mayores asuman responsabilidades que no le corresponden, más cuando hay familias donde el padre y la madre están presentes. No es justo para un niño tener que asumir el cuidado de otros niños, por mucho que se necesite. No corresponde que se le pida a un púber que actúe como padre o madre de sus hermanos. Nunca los padres deberían ceder a un hijo lo que es su responsabilidad, de otro modo, provocan daños en el hijo, por ejemplo, el impedirles gozar plenamente su niñez, provocarles miedos al asumir responsabilidades para las que no están preparados, truncar su desarrollo pidiéndoles que trabajen para ayudar (cuando eso no les corresponde) o recibir el encono de sus propios hermanos por el rol que le han pedido asumir.
 Bastante tiene el hijo mayor con ser el conejillo de indias de la familia. Al ser el primero, de padres primerizos que sólo tienen teorías de lo que hay que hacer, terminan convirtiéndose en el experimento de una pareja que aprende junto con el crecimiento del infante. Eso hace que muchos hijos mayores sean tratados de una manera exagerada en torno a la disciplina o acaparen toda la atención, que luego pierden, cuando llega otro hermano. Eso es más complicado de asumir cuando la distancia con el otro hermano es más larga, de allí que muchos estudios hablan del riesgo emocional de ser hijo mayor. Con el hijo mayor, los padres van “haciendo camino al andar” (tomando las palabras de Machado). Aprenden, de algún modo, echando a perder. Todo eso implica, por lo tanto, entender y no dejar que las circunstancias de ser hijo mayor sean más complicadas de lo que ya son, especialmente en la función que deben asumir con sus hermanos.
Aún recuerdo la frase que me sonaba a golpe: “Pero tú eres el hijo mayor”, y para mis adentros pensaba: “¿Y qué? Yo no pedí nacer primero”…

Escrito por Miguel Angel Nuñez

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